El debut del Luce, el primer vehículo eléctrico de Ferrari, estuvo acompañado por una reacción negativa en redes sociales y entre inversionistas, en un momento en que la propia industria del lujo aún no aclara si existe una demanda real suficiente para este tipo de modelos. La compañía italiana asumió una estrategia que ella misma califica como “polarizante”, mientras persisten las dudas sobre si los compradores de alta gama están dispuestos a dejar atrás el motor de combustión.
Las críticas no se limitaron al diseño ni a la identidad de la marca. En línea, algunos comentarios lo calificaron como un “insulto a la marca” y “horriblemente decepcionante”, reflejando el choque entre la narrativa de la transición eléctrica y la respuesta de parte del mercado. Antes del lanzamiento, el director ejecutivo Benedetto Vigna había dicho al Financial Times que “no le daba miedo” la reacción al modelo.
El caso de Ferrari también pone de relieve un problema más amplio para los fabricantes: desarrollar un deportivo eléctrico sin el ruido del motor y con el peso de las baterías complica reproducir la experiencia que distingue a los vehículos de gasolina. Mientras algunas marcas de lujo sostienen su apuesta pese a la indiferencia o la oposición de conductores, otras ya han recortado de forma considerable sus ambiciones en vehículos eléctricos, en una señal de que el giro prometido sigue lejos de consolidarse sin resistencia.
