Este 16 de junio se recuerdan 232 años del nacimiento de María Trinidad Sánchez Alfonseca, nacida en Santo Domingo en 1794 y fusilada el 27 de febrero de 1845, justo cuando la patria llegaba a su primer aniversario. Su figura regresa al centro no solo como memoria nacional, sino también como una referencia incómoda para cualquier relato oficial que celebre la República sin revisar a quiénes ha reconocido de verdad como sujetas de ciudadanía.
María Trinidad Sánchez cosió la primera bandera junto a Concepción Bona, llevó pólvora para los soldados y afrontó la muerte sin renunciar a su papel en la causa independentista. Años más tarde, las pioneras del sufragismo dominicano que publicaron en la revista Fémina entre 1922 y 1939 la asumieron como su referente más alto. En 1926, María de los Santos Ozuna pidió levantarle una estatua y, un año después, Consuelo Montalvo de Frías sostuvo esa campaña mientras impulsaba la participación femenina en la vida pública. Esa reivindicación no tuvo un carácter ornamental, sino que sirvió para denunciar la contradicción entre una patria fundada con el sacrificio de mujeres y una ciudadanía que todavía debía disputarse.
Esa herencia convierte la conmemoración en algo más que un homenaje. La trayectoria de María Trinidad Sánchez y de quienes la rescataron como emblema político funciona como una alerta institucional: no basta con invocar a las heroínas en fechas solemnes si su ejemplo sigue poniendo en evidencia la distancia entre el discurso patriótico y la inclusión real en la vida pública.
