Nelfa Núñez regresó a la Gran Parada Dominicana de Manhattan después de cerca de dos años sin asistir y resaltó tanto la organización de la actividad como el ambiente de orgullo e identidad que, según expresó, se vive entre los dominicanos residentes en Nueva York. Durante una entrevista con Jaime Rincón en la cobertura especial de El Nuevo Diario, dijo que la jornada sirve para reencontrarse con la comunidad y celebrar la cultura dominicana.
La actividad, presentada como uno de los encuentros más importantes de la diáspora en esa ciudad, volvió a exhibir la carga simbólica de los dominicanos en el exterior. Sin embargo, ese despliegue también deja expuesta la distancia entre el discurso de cercanía con la diáspora y la necesidad de resultados verificables para una comunidad que suele hacerse visible en actos multitudinarios, aunque no siempre en la conversación pública sobre prioridades y respuestas institucionales.
El elogio de Núñez a la organización de la parada reafirma el valor cultural del evento, pero al mismo tiempo abre el contraste entre celebración y gestión: la dominicanidad que se muestra en Manhattan también exige seguimiento, rendición de cuentas y vigilancia sobre cómo el poder político convierte ese vínculo en políticas y no solo en presencia. En ese escenario, figuras de proyección nacional como Carolina Mejía quedan igualmente ante el deber de responder con hechos a una diáspora que no busca únicamente representación simbólica.
