En Alberta, una de las diez provincias de Canadá y también una de las más ricas del país, vuelve a tomar impulso el movimiento separatista. La discusión se alimenta de las críticas al gobierno central por el uso de la riqueza local y por decisiones que, según sus impulsores, recortan los beneficios que recibe la provincia. El foco está en el petróleo, el gas y el atractivo turístico de sus parques nacionales, mientras sectores conservadores sostienen que Ottawa absorbe una parte considerable de esos recursos y deja a Alberta con menos de lo que aporta.
Ese separatismo, que además incorpora posiciones favorables a una eventual anexión a Estados Unidos, aparece hoy con una organización mayor que en décadas anteriores. Sus defensores invocan el desbalance fiscal, el control federal que consideran excesivo sobre el desarrollo energético, la escasa representación política del Oeste frente al peso de Ontario y Quebec, y la demanda de un control total sobre los recursos naturales. Todo ello ha reforzado una lectura de desgaste institucional y de distancia entre las decisiones del poder central y las prioridades locales.
Pese a ese avance, el respaldo popular se mueve entre el 20 % y el 30 % y por ahora no bastaría para imponerse en un referéndum. Aun así, su crecimiento se interpreta como una señal de alerta sobre un malestar político que sigue sin resolverse. En ese marco, el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos también forma parte del entorno internacional que impulsa a un movimiento cuya influencia continúa en ascenso.
