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La ética pública vuelve al centro, pero siguen abiertas las cuentas por saldar

julio 1, 2026 · Redactor
La ética pública vuelve al centro, pero siguen abiertas las cuentas por saldar
Foto: hoy.com.do

El llamado al “juego limpio” vuelve a poner sobre la mesa una exigencia que desborda las campañas públicas, vigilancia real sobre el poder, sanción a las malas prácticas y respuestas frente al costo social de la corrupción.

La discusión sobre la ética pública regresó al primer plano con alusiones al “juego limpio”, aunque el propio planteamiento deja al descubierto una incomodidad mayor: si desde espacios estatales y desde el ámbito privado persisten malas prácticas que contradicen ese ideal, la respuesta no puede limitarse a invocar valores; hace falta reforzar la fiscalización y la rendición de cuentas.

El texto resalta a Milagros Ortiz Bosch y a la procuradora general de la República, Yeni Berenice Reynoso, por su papel en la denuncia y persecución de la corrupción. Ese reconocimiento, sin cerrar la discusión, pone de relieve la magnitud de una “larga cola” de apropiación de bienes públicos por parte de minorías que, según se describe, han acumulado fortunas mientras se profundiza la miseria del pueblo y se compromete el porvenir nacional.

También aparecen el llamado de la ministra Faride Raful a fortalecer la convivencia ciudadana, la propuesta de un “contrato social por una sociedad justa basada en el respeto a los valores éticos y la empatía con los más necesitados” formulada por Reynoso en La Vega, y la campaña pública “Inquebrantables”, impulsada por el Gobierno a favor de la juventud. Sin embargo, el contraste entre ese lenguaje y la admisión de prácticas corruptas dentro y fuera del Estado obliga a una lectura menos complaciente: la ética no puede quedarse en consigna institucional ni en pedagogía pública mientras sigan pendientes las demandas de control efectivo.

Más que una celebración, la pieza termina como una alerta institucional. Si el país todavía insiste en “expiar” décadas de juego sucio, es porque el problema continúa afectando de forma concreta la vida de la gente. Por eso, cualquier apelación oficial a la decencia solo adquiere verdadero peso político cuando se traduce en vigilancia sostenida, sanciones y resultados verificables, no únicamente en mensajes edificantes.