La historia reciente del Perú, atravesada por cambios de presidentes, constituciones, modelos económicos y discursos, vuelve a mostrar una falla que persiste: la dificultad para convertir el talento y las oportunidades del país en una institucionalidad sólida. El balance no se limita a gobiernos buenos o malos, sino a una cadena de avances parciales, vergüenzas públicas y promesas que, una y otra vez, chocaron con la realidad.
El recuento admite que hubo decisiones que obligaron al país a mirar desigualdades históricas, como ocurrió con la reforma agraria, y también valora la recuperación de la democracia después del gobierno militar. Sin embargo, el eje de la revisión apunta a otra cuestión: varios gobiernos corrigieron injusticias al mismo tiempo que generaban otras, ofrecieron estabilidad mientras debilitaban instituciones y hablaron de inclusión mientras dejaban territorios enteros a la espera.
Ese contraste se vuelve aún más duro al recordar que hubo administraciones que prometieron moralizar la vida pública y acabaron investigadas, vacadas, fugadas, presas o desacreditadas. La conclusión es una advertencia institucional: más que por falta de talento, el Perú ha fallado demasiadas veces por la fragilidad de sus reglas, por la distancia entre el discurso y los resultados y por la ausencia de una rendición de cuentas capaz de impedir que la crisis se repita.
