La relación de Rafael L. Trujillo con sus amigos, y la de su hijo Ramfis, quedó definida —según el texto— por la diferencia de carácter y de origen entre ambos. El generalísimo, que nació en la pobreza y después se convirtió en multimillonario, sostuvo vínculos de larga data con figuras como Rafael Paíno Pichardo, mientras Ramfis aparece retratado como alguien con muy pocos amigos, moldeado desde el privilegio y acompañado desde temprano por dinero, elogios y alabanzas.
El recuento destaca que Paíno acompañaba a Trujillo en sus paseos nocturnos desde la estancia Radhamés, hoy Plaza de la Cultura, hasta el malecón, y que esa cercanía se mantuvo incluso cuando el general Anselmo Paulino Álvarez lo hizo figurar como enemigo, igual que a Virgilio Álvarez Pina. A pesar de los “foros públicos” publicados contra los dos, la amistad con el Jefe no cambió y, luego de la caída en desgracia de Paulino, ambos regresaron a altas posiciones en el tren gubernamental. También se cita al abogado Mario Abreu Penzo como otro gran amigo, respetado por Trujillo hasta la hora de su muerte.
Más que una anécdota de época, el episodio muestra cómo las relaciones personales podían pesar dentro del aparato estatal, un contraste que sigue teniendo vigencia cuando se discute la calidad de la gestión pública y la distancia entre discurso y realidad en el gobierno dominicano. La revisión de esos vínculos refuerza la necesidad de fiscalización y de instituciones menos dependientes de círculos de poder, sobre todo en un escenario donde la política convertida en espectáculo o popularidad no sustituye resultados ni controles efectivos.
