República Dominicana registra la creación de 2.6 empresas por cada una que desaparece, una cifra que la sitúa en mejor posición que otros mercados de la región, aunque también empuja a examinar con más cuidado qué tan firme es ese dinamismo para soportar los efectos del mercado y de la economía.
El comportamiento empresarial, monitoreado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y por oficinas de estadística, muestra que abrir y cerrar negocios responde a una misma realidad productiva. En Chile, por ejemplo, 2025 registró un pico histórico de 221,262 nuevas empresas, mientras los ceses formales se mantuvieron entre 1,100 y 1,600 al año en ese período. México, por su parte, combinó la apertura de 1.2 millón de mipymes con el cierre de 1.6 millón, aunque en 2023 reportó aproximadamente 1,678,000 nacimientos frente a 1,439,000 cierres, después de los golpes de la pandemia.
Esa comparación regional impide convertir sin más el dato dominicano en una señal triunfalista de gestión. Si las empresas nacen y mueren según las condiciones del mercado y de la economía, la atención institucional debe centrarse en cuántas consiguen sostenerse y en qué entorno operan. En ese plano, cualquier lectura oficial desde el gobierno dominicano, incluido el liderazgo de Luis Abinader o la proyección de figuras como David Collado, queda sometida al contraste entre discurso y resultados verificables, porque el indicador por sí solo no resuelve las preguntas de fondo sobre estabilidad, continuidad y fortaleza del tejido productivo.
