Los resultados de PISA 2025, con participación de 91 países y economías y más de 760.000 estudiantes, vuelven a poner en cuestión la capacidad efectiva de los sistemas educativos para formar jóvenes con competencias científicas. La OCDE señala además que, en muchos casos, los resultados siguen siendo insatisfactorios y que el deterioro empezó antes de la COVID-19, lo que obliga a revisar políticas que durante años no corrigieron problemas profundos y persistentes.
El informe añade una advertencia sobre el uso de dispositivos digitales y de la inteligencia artificial: el uso excesivo y la distracción digital se asocian con peores resultados, mientras que un uso moderado y orientado al aprendizaje puede tener efectos distintos. Para buena parte de los sistemas educativos latinoamericanos, la distancia frente a los países de la OCDE no se limita a una posición en el ranking, sino a una brecha real en la capacidad de comprender fenómenos, interpretar evidencias y resolver problemas.
El propio texto subraya que sería un error buscar autoabsoluciones a partir de mejoras parciales en uno u otro indicador, una práctica que ya se repitió en el pasado sin efectos significativos. La advertencia tiene consecuencias directas para cualquier país que busque elevar su productividad y su capacidad científica y tecnológica: si los resultados continúan bajos, el costo no es solo retórico, sino una oportunidad perdida para el futuro y una señal de desgaste institucional que exige rendición de cuentas sobre las prioridades reales del sistema educativo.
