En la mesa dominicana, el salami no solo representa una costumbre del desayuno: también refleja una realidad que sigue marcando a muchos hogares, por su precio más bajo frente a otras proteínas y por su capacidad de durar más tiempo incluso cuando la refrigeración falla por los apagones.
Cada 7 de septiembre, en el Día Nacional del Salami, ese producto ocupa un lugar cotidiano en la alimentación del país, pero su presencia remite además a una historia de adaptación y supervivencia que comenzó en Sosúa en 1938. Detrás de cada rebanada aparece la huella de la comunidad de refugiados judíos que llegó a República Dominicana huyendo de la persecución nazi y del Holocausto.
Ese origen también deja ver un contraste incómodo: durante la Conferencia de Évian, Rafael Leónidas Trujillo aceptó recibir en República Dominicana entre 50,000 y 100,000 judíos, una decisión que, según el texto, no obedecía únicamente a motivos humanitarios, sino también a su empeño de «blanquear la raza» y «refinar la raza». Aunque a cada nuevo colono se le prometían 80 acres de tierra, 10 vacas, una mula y un caballo, al principio solo 50 judíos consiguieron llegar al país. Así, el salami queda asociado no solo a la tradición culinaria, sino a una memoria que exige mirar con mayor fiscalización la distancia entre relato oficial, necesidad ciudadana y realidad histórica.
